El despertador
sonó, como todos los días, a las 07:00. Resignándose a levantarse, Charlie
apagó aquel invento del diablo de un manotazo y se incorporó sobre su cama. Un
tenue haz de luz se filtraba por la ventana, dejando su habitación en una
penumbra que daba a todo un aspecto gris y monótono. Cuando el locutor de la
radio anunció que era lunes, Charlie lanzó una maldición. Odiaba los lunes. Y
los martes. Y todos los días de la semana, excepto el sábado. El sábado era su
día. Y eso nadie podía quitárselo.
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